Por Álex Figueroa F.

 

“Lo que importa es estar de acuerdo en el Evangelio”, es una frase que escuchamos bastante en nuestros días. Va acompañada de ideas como buscar la unidad en las doctrinas fundamentales y no reparar en las diferencias derivadas de doctrinas secundarias.

Se entiende que el objetivo es fomentar la unidad cristiana, generando un consenso que permita servir y trabajar junto a otros, pero estas aseveraciones que nos resultan tan evidentes pueden esconder un peligro no menor si son dichas sin una reflexión necesaria.

En primer lugar, si lo que importa es estar de acuerdo en el Evangelio, ¿Qué se entiende por el Evangelio? Esto exige de entrada una declaración de fe, ya que para estar de acuerdo en cualquier cosa, debemos tener un entendimiento común o compartido de ella.

Lo más probable es que con "Evangelio" se esté significando el anuncio de la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Ya tenemos algo, y muy significativo. Pero, ¿Estamos seguros de que hay acuerdo? En este punto comienzan a surgir algunas preguntas: ¿A qué Cristo nos referimos? ¿Sólo un hombre, un semidios, un ángel, un querubín, o Dios encarnado? ¿Qué significa que se hizo hombre, que vino sólo en apariencia humana, que era algo similar a un hombre, que fue parcialmente un hombre o que fue plenamente humano? ¿Qué quiere decir que haya muerto? ¿Murió Dios? ¿Qué quiere decir que resucitó? ¿Sólo fue una resurrección espiritual, se trata de una metáfora o resucitó también el cuerpo?

Si no existe acuerdo en las respectivas respuestas a las preguntas planteadas, desde luego que no existe un consenso de base que permita trabajar en conjunto.

Estas preguntas indagatorias, así como varias otras más que pueden surgir, demuestran que el Evangelio está entroncado con verdades que se encuentran presentes en toda la Escritura, y finalmente es el telón de fondo de toda doctrina escritural. Sin embargo, quienes enarbolan esta frase, se refieren al Evangelio como relato histórico (encarnación-muerte-resurrección), sin querer entrar en sus implicancias, porque es precisamente en las implicancias donde surgen los desacuerdos.

Es más, la mera declaración de acuerdo en el Evangelio-relato histórico, no nos dice nada sobre la convicción que tengan los profesantes sobre la inspiración de las Escrituras. Podría darse el caso de quien acepte nominalmente el anuncio evangélico, pero rechace la inspiración de las Escrituras. Con todo, la creencia en la inspiración de las Escrituras resulta indispensable para el correcto entendimiento del Evangelio, por lo que constituye un presupuesto esencial de este "acuerdo en el Evangelio". Vamos, entonces, agregando más elementos.

Aún más: esta mera conformidad en el Evangelio-relato histórico no habría podido resolver la controversia de los judaizantes. Tampoco habría sido suficiente abordar la controversia con los ascetas de Colosas, y ciertamente no habría sido suficiente para enfrentar las disputas con Arrio. En rigor, según esta concepción de que “lo que importa es estar de acuerdo en el Evangelio”, los arrianos deberían ser considerados cristianos.

Lo más probable es que alguien aquí responda: "está bien, hermano, todo eso ya lo sabemos, pero nos referimos a un acuerdo respecto de doctrinas fundamentales".

Sin embargo, ¿De dónde surge esta distinción entre doctrinas importantes o fundamentales, y doctrinas secundarias? Ciertamente no de las Escrituras. Esta forma de clasificar las doctrinas bíblicas merece al menos los siguientes cuestionamientos:

  • ¿Cómo definiremos lo primario de lo secundario? Se repite esta frase como si fuese evidente cuáles son las doctrinas primarias y cuáles las secundarias. Pero ciertamente en esto puede haber desacuerdo, e incluso en un momento histórico determinado la iglesia puede considerar que ciertas doctrinas son de radical importancia, mientras que en otro momento histórico se inclinará por otras. De hecho, sin mayor esfuerzo podemos constatar que lo que ocurre es que las doctrinas llamadas “principales” van disminuyendo con el tiempo, con lo que cada vez se tiene un listado o selección más pequeña de las doctrinas que se considera relevante conocer y creer. Esto evidencia de entrada que el carácter primario o secundario dependerá del ojo del observador, relativizando así la importancia de las verdades bíblicas.
  • Sugiere la existencia de un canon dentro del canon. El canon es la lista de libros inspirados por el Señor, y que las iglesias reconocieron como tales. Pero con esta concepción, dentro de este canon estamos seleccionando ciertos pasajes que contendrían doctrinas supuestamente principales, mientras que otros consagrarían doctrinas secundarias.
  • Sin embargo, la Palabra dice “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (apto), equipado para toda buena obra” (2 Ti. 3:16-17, NBLH). ¿Seremos nosotros los que seleccionemos qué es útil y qué no, de todo lo que ha dicho Dios? ¿Seremos nosotros los que tomemos una navaja y cercenemos la Escritura, clasificándola en principal o secundaria? ¿Qué hombre puede pararse delante de Dios y decirle: “esto que has dicho aquí es más bien secundario”? Esto no es solo un acto soberbio, sino que también es blasfemo.
  • En este sentido, consideremos lo que dice el Apóstol Pablo: “Les ruego, hermanos, que vigilen a los que causan disensiones y tropiezos contra las enseñanzas que ustedes aprendieron, y que se aparten de ellos” R 16:17. Ante este mandato, los creyentes en Roma ¿Debían clasificar lo que aprendieron según orden de importancia? En esta epístola, el Apóstol habló del pecado del hombre, de la idolatría, de nuestra posición ante la ley, de la justificación por fe, del amor de Dios, de la imputación, del Espíritu Santo, de la intercesión, de la soberanía de Dios en la salvación, de la santificación, de la redención, de la restauración de todas las cosas, de la conducta cristiana; entre varios otros temas. ¿Esperaba él que los creyentes dividieran estos temas en primarios y secundarios? Si fuera así, sería razonable que les hubiera dicho “hermanos, fíjense en los que contradigan lo que dije en Ro. 1:3-8, 2:5-10, 5:8-13 y 13:7-12; y apártense de ellos. En lo demás, pueden escucharlos sin problema”. Por el contrario, el Apóstol daba gracias a Dios por los de Tesalónica, porque “cuando recibieron la palabra de Dios que oyeron de nosotros, la aceptaron no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios” (1 Tes. 2:13).
  • Rebaja la autoridad de las Escrituras a la de una mera opinión personal. Si reconocemos que toda Escritura es inspirada por Dios, entenderemos entonces que todos los pasajes son autoritativos, porque Dios mismo los inspiró. Su autoridad e importancia, entonces, deriva de que son inspirados por Dios. Sin embargo, al clasificar entre doctrinas principales y secundarias estamos erosionando esa inspiración, sosteniendo que algunas verdades son de segundo orden. Debido a que la Escritura no establece una clasificación ni una selección entre doctrinas principales y secundarias, será un acuerdo entre los hombres el que les atribuya una u otra calidad, siendo entonces la opinión humana el factor determinante, y no la inspiración divina como debiese ser.
  • Sugiere la idea de que las doctrinas secundarias no importan. Aquí nos encontramos con el factor comunicativo. Debemos tener muy en cuenta las repercusiones que pueda tener no solo lo que queremos decir (intención), sino que aquello que decimos (las palabras que usamos), cómo lo decimos (forma) y cómo es posible que se (mal) interprete lo que decimos. Aquí hemos de asumir que la mayoría de las personas, incluso los cristianos, no analiza reflexivamente ni medita demasiado en lo que escucha (cosa que podrá notar cualquier predicador). Lo regular, entonces, es que las personas se queden con lo superficial de lo que escuchan, con la “idea fuerza”. Así las cosas, cuando decimos que hay doctrinas principales y otras secundarias, corremos el grave peligro de que se interprete “secundario” como “no importante”.

Además, hay puntos que objetar a ambas concepciones, es decir, a la que dice que lo que importa es estar de acuerdo en el Evangelio, y a la que sostiene que hay doctrinas (o verdades) principales y otras secundarias. Como dijimos, ambas ideas están relacionadas.

  • Caen en un reduccionismo a la conversión individual. Me explico, con esto quiero decir que todo se ve desde la óptica de la conversión individual. Así, se hace depender la autoridad de tal o cual verdad escritural de lo necesario que sea para la salvación personal, en vez de su naturaleza inspirada. Se olvida, a mi juicio, que el Señor no nos encomendó hacer convertidos, sino discípulos; y no discípulos solitarios, sino insertos en un cuerpo, en una congregación local, en la que hay pastores y maestros puestos allí por Dios para que “todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13).
  • Extrapolan la conversión individual a la cooperación entre iglesias. Como se dijo en un comienzo, es claro que el objetivo de estas concepciones es promover la unidad cristiana y generar bases de acuerdo para la comunión en la fe y el trabajo en conjunto. Sin embargo, se trasplanta sin más la lógica de la conversión individual a la de la cooperación eclesiástica. Lo determinante, bajo este prisma, es lo que una persona necesita creer para ser salva. Sin embargo, la cooperación entre iglesias es mucho más compleja, y requiere de declaraciones de fe bastante más profundas y elaboradas, ya que se trata de lo que un cuerpo de creyentes confiesa en conjunto acerca de su fe, sentando las directrices para el discipulado, la enseñanza y la evangelización. Así las cosas, no se puede esperar la misma profundidad, madurez y complejidad de la confesión de fe de un recién convertido, que la que se puede esperar de una congregación establecida.
  • Promueven un minimalismo doctrinal. El mensaje implícito que se está entregando es que lo importante es saber las cosas elementales, o creer en el relato histórico del Evangelio. Se buscan las bases mínimas de acuerdo, el mínimo común denominador que permita unir a las congregaciones. Sin embargo, el autor de la epístola a los Hebreos reprocha a sus destinatarios, diciéndoles: “Pues aunque ya debieran ser maestros, otra vez tienen necesidad de que alguien les enseñe los principios elementales de los oráculos las palabras de Dios, y han llegado a tener necesidad de leche y no de alimento sólido” (He. 5:12). Es decir, lo que se enseña en las Escrituras no es este minimalismo, sino un maximalismo –por así decirlo-, esto es, crecer y abundar más y más en el conocimiento de la verdad revelada, siendo reprochable que los creyentes se queden en lo elemental.
  • Por lo demás, el ejemplo histórico que podemos ver en la Iglesia, por ejemplo en la controversia cristológica y trinitaria, o en las discusiones sobre la soberanía de Dios en la salvación, vemos que lo que se buscaba era lo contrario, es decir, concordar en un credo amplio, que permita no mínimas, sino extensas bases de acuerdo y declaración de fe. Quizá lo que primó en esas circunstancias fue la convicción de B. H. Carroll:

Una iglesia con poco credo es una iglesia con poca vida. Cuantas más doctrinas divinas pueda acordar una iglesia, tanto mayor será su poder y más amplia su utilidad. Cuanto menos sean sus artículos de fe, tanto menos serán sus vínculos de unión y cohesión. El clamor moderno: “Menos credo y más libertad”, es una degeneración de los vertebrados a las medusas, y significa menos utilidad y menos moralidad, y significa más herejía”.

En fin, de lo que se trata aquí no es de juzgar intenciones, ya que ellas son por regla general insondables para nosotros los mortales. Lo que he pretendido es detenerme a hacer una reflexión necesaria sobre concepciones que, de ser aceptadas sin más, pueden llegar a ser peligrosas para la Iglesia.

En ningún caso es un llamado a minimizar importancia del Evangelio. Todo lo contrario, se trata de una exhortación a no rebajar la importancia de las demás verdades escriturales, resaltando la inspiración que alcanza a cada pasaje de la Biblia al haber sido inspirado por el Señor.

En los últimos años hemos celebrado un glorioso retorno a las Escrituras en distintas partes del mundo, en donde medios de comunicación como internet han sido muy utilizados para alcanzar a grandes cantidades de personas en lugares diversos. Sin embargo, esto que es una ventaja puede ser al mismo tiempo un gran riesgo. El eco masivo e irreflexivo de las redes sociales puede transmitir una idea imprecisa o ambigua sin la meditación ni la profundidad necesarias. Corremos el peligro de tirar por la borda todo lo avanzado con este retorno a las Escrituras si no somos cuidadosos. El Señor nos ayude.